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El debate continúa: ¿cómo se escribe? ¿Argentina o la Argentina?


¿Cómo se llama el país donde vivimos? ¿Argentina o la Argentina? El debate, créase o no, surge bastante seguido en la consultora y también con nuestros clientes. 

Lo que leemos en los medios tampoco ayuda: los diarios alternan entre una y otra forma. La marca país es Argentina, a secas. Pero cuando los textos pasan por las manos de los correctores vuelven cambiados: “Es la Argentina”, nos explican. Entonces, ¿se pueden usar ambos o hay uno que está mal? 

Por lo visto, muchos de nuestros lectores se preguntan lo mismo: el post que armamos al respecto hace unos años está aún hoy entre los más leídos. Pensando en esto decidimos retomar el tema e investigar un poco cuáles son las opiniones que están dando vuelta entre los expertos. A ver si esta vez llegamos a una conclusión que nos cierre a todos. 





El nombre de nuestro país según la Academia Argentina de Letras

Ya hace unos años recurrimos a la Academia Argentina de Letras con esta misma consulta. De lo que nos dijeron, es importante destacar algo: ninguna de las formas, lleven o no artículo, se considera denominación oficial. Sí lo son Provincias Unidas del Río de la Plata, República Argentina y Confederación Argentina.

Aparentemente, el nacimiento de la versión Argentina surge en la década de los 40, cuando en las reuniones de la ONU, nuestro país se colocaba en la a, sin el artículo ni el sustantivo república delante. Ese uso se expandió y es cada vez más común. Sin embargo, la Academia recomienda la forma con el artículo: argentina es un adjetivo, por ende requiere de ese la para sustantivarse. 

Documentos que todos entienden: en Estados Unidos, el lenguaje llano es ley


Alguna vez, en el blog hablamos del Movimiento del Lenguaje Llano (Plain Language Movement), una iniciativa mundial que apuesta a la comunicación clara para asegurar el acceso de todos los ciudadanos a la información.

Parece que en Estados Unidos el movimiento ha llegado lejos. Justamente en el país que lo vio nacer –la iniciativa tuvo sus inicios allí en la década del 60–, el lenguaje llano es desde 2010 obligatorio por ley. El Plain Writing Act, aprobado por Barack Obama, exige que las agencias federales empleen en sus comunicaciones oficiales un lenguaje claro para el público general. El objetivo: asegurar que las regulaciones sean accesibles, consistentes y fáciles de entender.



La medida tiene, además, un sitio web encargado de difundirla, donde se ofrecen sugerencias para armar páginas de internet en lenguaje llano y se comparten enlaces a diccionarios y otras herramientas útiles. Allí mismo se pone también disposición del público una serie de consejos para escribir con claridad, que abarcan desde la selección de las palabras hasta la longitud de las oraciones y la arquitectura de la información (de esto último estuvimos hablando recientemente en este post).

Si bien en este caso están destinadas más específicamente a documentos oficiales, las sugerencias pueden servir para cualquier tipo de texto. A esta altura, la mayoría ya han sido escuchadas, pero de todas formas les dejamos algunas:

  • Identificá a tu audiencia. Tené en cuenta los conocimientos técnicos o especializados con los que cuenta (o no) tu lector promedio.
  • Preferí siempre la voz activa a la pasiva
  • Omití palabras innecesarias o reemplazalas por otras más simples.
  • Usá gráficos y tablas para organizar la información
  • Comprobá que el documento sea comprensible para tu lector promedio: dáselo a leer y escuchá lo que tiene para decirte.


¿Y en la Argentina?

En nuestro país, ha habido diversas iniciativas para implementar el lenguaje llano en el ámbito público, algunas más exitosas que otras. De eso hablaremos en próximos posts.

Editores: ¿sí o no?

El tema cada tanto vuelve.

¿Cuántas personas se necesitan para escribir un buen texto —o al menos, un texto sin errores— que vaya a ser publicado? ¿Sirven para algo los editores?

La discusión se renovó en varios blogs norteamericanos a partir de los recortes en el New York Times, en el Los Angeles Times y otros. Muchos de los puestos que se eliminan pertenecen a editores, es decir, a quienes usualmente velan en los diarios por el enfoque del artículo, reescribir encabezados y titular. En la práctica, son los responsables de asegurarse de la calidad final de texto.

En la Argentina, esos recortes ocurrieron hace rato y no es raro, incluso en medios nacionales de gran tirada, encontrar la figura del autoeditado. Es decir, el redactor investiga, entrevista, escribe, titula y se corrige.

Los nuevos estilos de escritura y publicación de la Web actual promueven esta figura y en general, la ausencia de editores. Los blogs suelen ser emprendimientos unipersonales y muchas de las redes sociales y comunidades de noticias ni siquiera producen textos: se sostienen sobre escritos ajenos, en muchos casos artículos periodísticos. Y en las versiones digitales de los diarios —en las de acá y las de afuera— la figura del editor tiende a desaparecer (y en algunos medios nace extinta). Por lo menos en lo que se refiere a su función de “mejorador” de textos: los nuevos periodistas escriben y suben su material, acompañado muchas veces por fotografías y audio.

En fin. Quizás sea una cuestión de lógica económica, o de formato – medios de papel con editores, medios Web sin ellos—, o de nuevos tiempos y nuevos textos: más rápidos, más desprolijos, más efímeros y más provisorios.

Como sea lo que el futuro depare, hay ciertas instancias en las que el rol de editor sigue siendo clave, especialmente en aquellos casos en los que se requieren atributos contrarios a los que se acaban de mencionar arriba: consistencia, duración, ausencia de errores, etc. En esos casos, por mejor preparado que esté un redactor, la mirada externa sobre su texto sigue siendo indispensable.

De hecho, aquí en la consultora el trabajo de edición es una regla no escrita. Es raro que un texto salga sin un par de lecturas, aún cuando vayan a parar a un Newsletter digital o a una intranet. Y si se trata de publicaciones impresas como libros, memorias, folletos o revistas, los textos siempre cuentan con un dupla redactor-editor para su elaboración, además de correctores para su revisión.

Es más: tendemos a creer que ahí reside una de las principales razones del éxito de nuestros servicios. Poder asegurar el tipo de calidad textual que sólo se obtiene cuando un texto tiene esta doble aproximación.