La Helvética cumplió 50 años y hay revuelo alrededor de las tipografías. Les hacen exposiciones. Los diseñadores eligen sus favoritas. El serif divide aguas: ¿Con o sin?
Los escritores, tan proclives a aferrarnos de cualquier cosa que haga avanzar nuestra escritura —un teclado determinado, un modo de presentar la hoja en el procesador de palabras, un escritorio especial— también tenemos nuestras preferencias cuando se trata de elegir de un tipo de letra.
Por acá, sin pensarlo mucho andamos entre la Verdana del sitio, la Arial de nuestras plantillas de Word y cuando nos ponemos nostálgicos, la Courier y su aire de máquina de escribir.
Y por ahí…¿qué tipografía usan?
¿“Argentina” o “la Argentina”?
Si bien aquí en la consultora somos todos bastante renuentes a identificar nuestro trabajo con cuestiones normativas y gramaticales (no cometer errores es sólo una parte —y no necesariamente la más significativa— del proceso de escribir), es inevitable que nos consulten una y otras vez sobre determinados usos.
Este es uno de ellos. ¿Se dice “Argentina” o “la Argentina”?
Las dos formas valen, pero se prefiere la segunda que pone en evidencia que Argentina es un adjetivo: el nombre oficial de este país es República Argentina. Si cae el sustantivo República, dejemos el artículo para sustantivar el adjetivo.
Eso recomienda la Academia Argentina de Letras, al menos. Y su consejo lo siguen La Nación y Wikipedia. Clarín, en cambio, es decididamente errático.
Esta es la respuesta por escrito que ofrece la Academia cuando es consultada por este tema.
"A continuación se transcribe el último acuerdo sobre el nombre de nuestro país, publicado en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, Tomo LIX, N.° 233-234, julio-diciembre de 1994:
"La Argentina" o "Argentina" como posibles formas elípticas del nombre República Argentina
(Consulta del Sr. Luis Santich, Capital Federal)
Si bien resulta innegable el creciente empleo de Argentina frente al tradicional la Argentina, no puede soslayarse, en primer lugar, el hecho de que ambas formas son denominaciones habituales, pero no oficiales, de nuestro país.
Tal como figura en el artículo 35 de la Constitución, que la Academia Argentina de Letras ha citado en acuerdos anteriores respecto del tema 1, las "denominaciones adoptadas sucesivamente desde 1810 hasta el presente, a saber: Provincias Unidas del Río de la Plata, República Argentina, Confederación Argentina, serán en adelante nombres oficiales indistintamente para la designación del Gobierno y territorio de las provincias, empleándose las palabras 'Nación Argentina' en la formación y sanción de las leyes"1.
Por cierto, la tendencia a referirse a nuestro país simplemente como Argentina no es nueva. Aunque no se ha determinado aún una fecha precisa de aparición, en el acuerdo académico de 1960 se la estimó "posterior a la segunda guerra mundial (1939-1945). Se supone que probablemente nació, por influencia del inglés de los Estados Unidos, en las prácticas parlamentarias de la UN. En las listas alfabéticas de países, la República Argentina fue colocada en la a, lo que trajo como consecuencia la desaparición del sustantivo República y del artículo la"2.
Tampoco puede decirse que hasta entonces no hubiera podido preverse el uso de la forma consultada. En efecto, diez años antes, en el acuerdo académico de 1950, se había observado que Argentina "aparece en libros, periódicos, discursos, etc., en forma tal que de seguir así no tardará la denominación correcta en ser suplantada por la incorrecta"3.
En el caso del empleo de la construcción tradicional, la presencia del artículo femenino sustantiva la voz Argentina que formalmente constituye un adjetivo. Hecho este que no es análogo a designaciones de otros idiomas que anteponen el artículo determinante a la denominación, v. gr.: la France o l'Italia, porque en estas el nombre es ya en su origen un sustantivo.
Discursos de acá y de allá
En los últimos días estuvo circulando un video por algunos blogs locales. Se trata del discurso de Steve Jobs, el legendario fundador de Apple, en la graduación 2005 de la norteamericana universidad de Stanford. Quizás represente una buena oportunidad para reflexionar sobre los discursos que se pronuncian por aquellos lugares y por éstos.
¿Qué hace que este discurso sea tan memorable? Dejando de lado el contenido y sus costados sentimentales, creo que su éxito se debe a dos grandes factores: a que cuenta historias y a que es claro, tanto en su estructura como en su lenguaje.
En primer lugar, Jobs nos ofrece, al modo de cualquier texto narrativo, un héroe con el que es posible identificarse (él mismo, en este caso). Y cómo todo héroe, debe vencer obstáculos —la copia de su sistema operativo por parte de Microsoft, la salida de Apple, el cáncer, etc.— para llegar transformado al final del camino. Escuchamos una narración: el modo más antiguo de transmitir conocimiento que ha mantenido su eficacia desde tiempos homéricos y bíblicos.
En segundo lugar, Jobs utiliza una estructura sencilla, que es señalada a cada paso. Esto permite que la audiencia pueda seguir el hilo del texto (a diferencia de los que sucede con cualquier otro texto leído en un papel o en una pantalla, aquí no hay oportunidad de volver atrás si algo no es comprendido). Así, como aconsejan las buenas prácticas del género, Jobs anuncia y repite: “Hoy les quiero contar tres historias de mi vida. Sólo eso. Nada especial. Tres historias simples”, y continúa del mismo modo: anticipando, contando y resumiendo, en un lenguaje llano que todos pueden entender.
La realidad por acá, en cambio, suele ser bastante distinta. Julian Gallo se queja desde su blog sobre las dificultades para encontrar textos inspiradores como éste entre los actuales políticos argentinos. Lo mismo o peor puede decirse de nuestros propios directivos de empresa. En su caso, las historias suelen ser reemplazadas por conceptos abstractos o enunciaciones sin carnadura (no es difícil imaginar en el lugar de Jobs a un CEO local hablando, por ejemplo, de la importancia de “superarse”). La gente de carne y hueso está ausente, y las palabras pesadas y repetidas toman su lugar.
Para que quede claro. Nadie está pidiendo que ahora los directivos hablen de sus enfermedades para conmover a sus audiencias. No. Simplemente que cada tanto incluyan alguna que otra anécdota para ilustran un punto, que capturen a sus audiencias con historias propias y ajenas. ¿Faltará mucho para que llegue ese día?
El discurso completo y subtitulado:
¿Qué hace que este discurso sea tan memorable? Dejando de lado el contenido y sus costados sentimentales, creo que su éxito se debe a dos grandes factores: a que cuenta historias y a que es claro, tanto en su estructura como en su lenguaje.
En primer lugar, Jobs nos ofrece, al modo de cualquier texto narrativo, un héroe con el que es posible identificarse (él mismo, en este caso). Y cómo todo héroe, debe vencer obstáculos —la copia de su sistema operativo por parte de Microsoft, la salida de Apple, el cáncer, etc.— para llegar transformado al final del camino. Escuchamos una narración: el modo más antiguo de transmitir conocimiento que ha mantenido su eficacia desde tiempos homéricos y bíblicos.
En segundo lugar, Jobs utiliza una estructura sencilla, que es señalada a cada paso. Esto permite que la audiencia pueda seguir el hilo del texto (a diferencia de los que sucede con cualquier otro texto leído en un papel o en una pantalla, aquí no hay oportunidad de volver atrás si algo no es comprendido). Así, como aconsejan las buenas prácticas del género, Jobs anuncia y repite: “Hoy les quiero contar tres historias de mi vida. Sólo eso. Nada especial. Tres historias simples”, y continúa del mismo modo: anticipando, contando y resumiendo, en un lenguaje llano que todos pueden entender.
La realidad por acá, en cambio, suele ser bastante distinta. Julian Gallo se queja desde su blog sobre las dificultades para encontrar textos inspiradores como éste entre los actuales políticos argentinos. Lo mismo o peor puede decirse de nuestros propios directivos de empresa. En su caso, las historias suelen ser reemplazadas por conceptos abstractos o enunciaciones sin carnadura (no es difícil imaginar en el lugar de Jobs a un CEO local hablando, por ejemplo, de la importancia de “superarse”). La gente de carne y hueso está ausente, y las palabras pesadas y repetidas toman su lugar.
Para que quede claro. Nadie está pidiendo que ahora los directivos hablen de sus enfermedades para conmover a sus audiencias. No. Simplemente que cada tanto incluyan alguna que otra anécdota para ilustran un punto, que capturen a sus audiencias con historias propias y ajenas. ¿Faltará mucho para que llegue ese día?
El discurso completo y subtitulado:
Un texto dice más que mil imágenes
Ya comienzan a estar listos los primeros resultados del último estudio de eyetracking de Poynter Institute, la célebre escuela de periodistas de Florida. Este estudio, que examinó el recorrido de la mirada de 600 lectores sobre medios editoriales y digitales, tiene un par de novedades interesantes.
La primera es que se lee más de lo que se cree. Y la segunda es que los lectores de Internet leen más —y más profundamente— que sus pares de la gráfica. Efectivamente, el 75 por ciento de los internautas termina de leer el texto que elige. En los medios tradicionales, en cambio, sólo lo hace el 60 por ciento. Una noticia que pone en contexto la lectura escaneada de la web, tan citada por los especialistas.
Además, el estudio de Poynter confirma la importancia de los títulos para atrapar a los lectores. Cuanto más grandes, mejor. Unos años atrás, investigaciones similares habían confirmado que el título era el primer lugar donde los lectores depositaban su mirada y que los textos, en general y en una proporción de casi el 80 por ciento, eran elegidos antes que la imagen.
En fin, todos argumentos que encantarán a la Chica Letra en su disputa con los Bilborders, sus diseñadores gráficos iletrados. Para equilibrar un poco las cosas acá va un lindo ejemplo de un diseñador gráfico amigo de las palabras, el francés Antoine Bardou-Jacquet.
La primera es que se lee más de lo que se cree. Y la segunda es que los lectores de Internet leen más —y más profundamente— que sus pares de la gráfica. Efectivamente, el 75 por ciento de los internautas termina de leer el texto que elige. En los medios tradicionales, en cambio, sólo lo hace el 60 por ciento. Una noticia que pone en contexto la lectura escaneada de la web, tan citada por los especialistas.
Además, el estudio de Poynter confirma la importancia de los títulos para atrapar a los lectores. Cuanto más grandes, mejor. Unos años atrás, investigaciones similares habían confirmado que el título era el primer lugar donde los lectores depositaban su mirada y que los textos, en general y en una proporción de casi el 80 por ciento, eran elegidos antes que la imagen.
En fin, todos argumentos que encantarán a la Chica Letra en su disputa con los Bilborders, sus diseñadores gráficos iletrados. Para equilibrar un poco las cosas acá va un lindo ejemplo de un diseñador gráfico amigo de las palabras, el francés Antoine Bardou-Jacquet.
Por qué escribir es cada vez más importante
En pocos minutos, este video desarrollado por la Universidad Estatal de Kansas deja en claro de qué se trata escribir hoy en día. Y por qué hacerlo bien es tan importante. En inglés, eso sí.
Cumpla la ley, escriba claro: el lenguaje llano en el mundo (Parte 1)

Algunas entradas atrás , citábamos la influencia del Movimiento de Lenguaje Llano (Plain Language Movement) en las conclusiones de un congreso judicial de la provincia de Buenos Aires. El congreso instaba a jueces y abogados a escribir más claro, y se constituía, aparentemente, en el primer organismo argentino inspirado por esta corriente. Pero, ¿qué es el Lenguaje Llano? En principio, es un movimiento cívico mundial que cree que la comunicación clara construye sociedades más democráticas. Para conseguir este objetivo, según la definición de la Wikipedia , el Plain Language Movement favorece “el uso de un lenguaje claro, moderno, no pretencioso y cuidadosamente escrito para favorecer la comprensión”. Del modo que sea descripto , la mayoría de las definiciones enfatizan la importancia de tener en cuenta al lector y de dirigirse a él del modo más directo posible. Daniel Cassany, por ejemplo, establece en su libro La cocina de la escritura cuatro principios que caracterizan los textos de lenguaje llano: 1) Lenguaje apropiado al lector
2) Diseño que permita encontrar enseguida la información importante
3) Comprensión en una sola leída
4) Cumplimiento de los requisitos legales
A Schwarzenegger no se le entiende
Los primeros antecedentes del movimiento datan de la década del setenta en los Estados Unidos. En aquellos años, la presidencia de Jimmy Carter ordenó que las regulaciones más importantes de su gobierno fueran redactadas en un inglés llano y comprensible para todos. A partir de ese entonces, los demócratas tienden a impulsar el movimiento –el gobierno de Bill Clinton, por ejemplo, premiaba en efectivo a las agencias estatales que escribieran en plain english—, mientras que los republicanos tienden a ignorarlo. Miren si no, la campaña que este buen hombre ha lanzado contra el gobierno del republicano Schwarzenegger, a quien acusa de favorecer una escritura burocrática y oscura. Pueden también comprarle un bolsito pro-escritura clara , si la prédica los convence (nosostros no le compramos nada, pero le robamos el título de esta nota). Además de los Estados Unidos, el Plain Language Movement se ha instalado firmemente en Inglaterra, Canadá, Suecia y Holanda: todos estos países cuentan con iniciativas estatales destinadas a que la escritura administrativa sea comprensible para todos. México es el único país de habla hispana en condiciones de sumarse a la lista: desde 2004 tiene funcionando una Red de Lenguaje Claro destinada a detectar y cambiar los documentos ininteligibles que produce su administración.
Seguiremos en sucesivas entradas. Mientras tanto, si están considerando sumarse a esta corriente, acá pueden ver la clase de gente que encontrarán en los congresos de la especialidad.
Cinco mentiras que decimos los escritores de empresa
1. Tengo todo el texto en la cabeza; en media hora lo resuelvo y te lo mando.
2. Antes del fin de semana, tenés todo.
3. Me encantaron las correcciones de tu gerente de Medio Ambiente sobre la versión definitiva.
4. Me gustaron tanto, que las voy a incorporar enseguida.
5. Te mandé todo el viernes, ¿no te llegó el mail?
2. Antes del fin de semana, tenés todo.
3. Me encantaron las correcciones de tu gerente de Medio Ambiente sobre la versión definitiva.
4. Me gustaron tanto, que las voy a incorporar enseguida.
5. Te mandé todo el viernes, ¿no te llegó el mail?
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